miércoles, 27 de junio de 2012

Viaje a Venecia

Seis velas, treinta cañones, ciento cincuenta y ocho tripulantes, dos toneladas de mercancías por vender y un capitán. La galera Santa Anna había zarpado del puerto de Tortosa hacía 48 días, recorriendo el litoral catalán para repostar en Valencia y más tarde en Mallorca, dejamos la Corona de Aragón para vender aceites y especias de la península, a los puertos más importantes del Mediterráneo. Primero fue en Cagliari, donde nuestros hermanos de Cerdeña nos dieron una grata bienvenida. Nos cruzamos con algunos barcos genoveses delante de la costa tunecina, y les metimos unos cuantos cañonazos por el culo. Al llegar al estrecho de Messina, fondeamos en el puerto de Catania, allí nos esperaban nuestras amadas prostitutas sicilianas, las cuales nos rascaron todo nuestro dinero de un mes en tres días. Partimos a través del Mar Jónico hasta Corfú, el antiguo puerto veneciano ahora pertenecía al Despotado de Epiro, unos griegos muy feos y salvajes llamados Comneno Ducas. Hábiles en las armas pero desastrosos en cuato al comercio y a lo civilizado. Dos días después ya surcábamos el golfo de Venecia, también llamado Mar Adriático. De Bari a Ancona y de Ancona a la dalmaciana Zara. Una bella ciudad conquistada por Venecia en la Cuarta Cruzada, sus incansables ciudadanos nos tuvieron varios días intercambiando mercancías de alta calidad a un precio bastante decente. Aunque no sé que tienen estos croatas que siempre van a un paso por delante de tu estrategia comercial. 
Al fin llegamos a la ciudad de los canales, la impactante e impresionante, Serenísima República de Venecia. Sin duda el centro del mundo era aquel, allí se congregaban todo tipo de gente, diferentes culturas, religiones y razas. Seda de Damasco, especias de China, cristal de Murano, lino de Egipto, marfil y piedras preciosas de la India. Incluso algunos mercaderes hablaban de unas antiguas tierras más allá de los confines, donde las ciudades eran de oro y los ríos de plata. Sesenta días y sesenta noches nos asentamos en el barrio catalán, al día siguiente los hombres lloraban por tener que dejar semejante paraíso. Pero tenemos ganas de volver a nuestras casas con nuestras familias, para contar a nuestros hijos y nietos los aromas, los colores, las historias y las leyendas que llevamos en nuestros corazones. Hoy hace un día gris, pero tenemos viento a favor, esperamos llegar pronto.


Roger de Cervelló, capitán de la galera Santa Anna.
Junio de 1297 d.C. Mar Mediterráneo.

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