lunes, 12 de marzo de 2012

El golpista y su iglesia


A aquel régimen, al régimen franquista no le había bastado con la victoria, necesitaba masacrar a los vencidos, aplastarlos para que nunca más se levantaran. El historiador Julián Casanova relata así la hecatombe que continuó al fin de la guerra: "No menos de 50.000 personas fueron ejecutadas en los diez años que siguieron al final oficial de la guerra el primero de abril de 1939, después de haber asesinado ya alrededor de 100.000 ‘rojos’ durante la contienda. Medio millón de presos se amontonaban en las prisiones y campos de concentración en 1939. La tragedia y el éxodo dejaron huella. La ‘retirada’, como se conoció a ese gran exilio de 1939, llevó a Francia a unos 450.000 refugiados en el primer trimestre de ese año, de los cuales 170.000 eran mujeres, niños y ancianos. Unos 200.000 volvieron en los meses siguientes para continuar su calvario en las cárceles de la dictadura franquista (...) Los asesinatos arbitrarios, los ‘paseos’ y la ley de Fugas se mezclaron con la violencia institucionalizada y ‘legalizada’ por el nuevo Estado”

La ideología misógina de los militares sublevados acompañada del abominable papel jugado por la jerarquía eclesiástica iba a volcarse con saña en las mujeres que no sólo se habían colocado al lado de los ideales enfrentados a los suyos, si no que se habían atrevido a comportarse como iguales.

Estas mujeres estaban condenadas, eran mujeres “caídas”. Cualquier acusación sirve para que las vejaciones, violaciones, palizas, cárcel, hambre y toda clase de humillaciones caigan sobre ellas. Se añade a este sufrimiento, la ocultación, y el disimulo que deben llevar a cabo, para evitar el dolor a los hombres de su entorno que están en el frente, en la cárcel, en la guerrilla, huidos o en exilio.
Franco y su Iglesia caminaron asidos de la mano durante cuatro décadas. Franco necesitó el apoyo y la bendición de la Iglesia católica para llevar a buen término una guerra de exterminio y pasar por enviado de Dios. La Iglesia ganó con esa guerra una paz «duradera y consoladora», plena de felicidad, satisfacciones y privilegios. La religión sirvió a Franco de refugio de su tiranía y crueldad. La Iglesia le dio la máscara perfecta. Tan perfecta que todavía hoy algunos discuten qué es lo que había detrás de ella: un santo o un criminal de guerra. Para otros está claro que era un criminal. Y así, se promocionaron y protegieron mutuamente en el genocidio con el tinte divino. La sociedad española quedó bajo un régimen dictatorial católico.

foto: Algunos religiosos golpistas predican la "Buena Nueva" al pueblo español con el gran amor de siempre.

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