martes, 18 de mayo de 2010

El Gran Corcel

Me encantaba notar la brisa matutina en mi cara mientras galopaba con el viejo corcel de mi padre. Blanco como una nube y rápido como el viento, aquel caballo había vivido y luchado en cientos de batallas. Acariciaba su larga y suave crin grisácea, sus patas se movían con ligereza y sus ojos mostraban que dentro de si mismo pervivía el alma de mi antecesor. El Sol asomaba por el horizonte su luz brillante empezaba a reflejarse en el mar. Volvía a Valencia por la playa dejando mi paso en la arena donde segundos después se lo llevaba la marea. Desde lo alto de la torre de la muralla anunciaban mi llegada y conmigo al más noble de los corceles del reino, llamado Babieca.

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