martes, 30 de marzo de 2010

El alma del escritor

Todas las tardes al salir del colegio, pasaba por la librería de mi amigo Miguel. Allí aprendía más que en cualquier otro sitio. Al entrar te absorbía un aroma de literatura antigua, historias interminables plagadas de sabiduría y misterio. Sus altas estanterías parecían caerse sobre la pequeña biblioteca de Martín e Hijos, en ellas no había espacio libre ni para que circulase el aire. Me gustaba coger un tomo, acariciar el lomo y leer su portada; miles de títulos y autores, anónimos para mi, se perdían en mi mente. Yo que apenas sabia escribir y leer, soñaba en que un día podría leérmelos todos. Charles Dickens, Victor Hugo, Oscar Wilde... Detrás de esas paginas de extensas lineas de palabras se podía leer la magia, o como dijo alguien "el alma del escritor". Quien me iba a decir que algún día, mi amigo Miguel, colocaría mis propias historias en aquel museo literario.

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