lunes, 7 de septiembre de 2009

Patética realidad

Desperté en un mundo donde el odio y el egoísmo reinaba en la calle, y me dije porqué vivir mal para tener que ser un cadáver más. Entonces comprendí que todo aquello tenía que cambiar, yo había nacido para poner mi grano de arena en ese cambio. Pero vi que a la gente le daba igual todo, se conformaban con lo que tenían, y se dejaban dirigir por el capital. Comprados, egoístas, intolerantes y traidores; vendieron su libertad por pertenecer al globalizado país imperialista. De los errores se aprende pero es muy fácil disculparse y luego no luchar para arreglar los defectos causados. ¿Pero que podíamos hacer? Estábamos encerrados en un bucle "demoníaco".

En las montañas vivían aquellos que por desgracia habían sido desterrados, viviendo en tierra de nadie, luchando por sobrevivir. Muertos de hambre, de sed y de mente, vi en ellos una única esperanza en sus ojos oscuros. Una bomba sin mecha para ser explotada, solo necesitaban una chispa para correr río abajo y devolver la libertad al pueblo. Eran miles de refugiados, desechos, repudiados por el "liberalismo demagógico", gentes de ideas que aún confiaban en un cambio. Llegué de madrugada, muchos con insomnio me recibieron con miedo, temiendo y pensando en que otro ser oscuro llegaba allí para traer más penas.

Años llevaban allí arriba sin saber como se había convertido aquel mundo que había perdido totalmente su luz, solo unos cuantos podíamos despertar de esa patética realidad, y así vivir el sueño libre de nuestros corazones. Morir era nuestro destino, pero preferimos morir luchando en tierra firme contra inocentes descerebrados que habían sido abducidos por el capital. Poco a poco nos unimos todos los cientos de miles de gentes libres, deprimidos y defraudados por la vida pasada. No teníamos esperanzas, era una batalla perdida pero teníamos sueños y luchábamos por ellos. Porque ya sabíamos cual era el otro camino, porque la persecución dictatorial era el pan de cada día y porque la educación de nuestros hijos y nietos se basaba en la ley del silencio. Razones suficientes para luchar y morir por nuestros ideales.

Al año siguiente,organizados ya, una madrugada como la que llegue a las montañas, bajemos de ellas, estábamos decididos, eramos cientos de miles, solo unos pocos ya quedaban en ciudades detrás de su muro de fajos de billetes oscuros. El pueblo había despertado gracias a nuestro movimiento de liberación mental. Todos unidos nos pusimos delante de los tiranos políticos, sus caras reflejaban un miedo inquebrantable, temiendo que fueran linchados, arrodillados bajo las gentes. Pero nosotros nos quedamos mirándolos, el sudor bajaba por sus frentes, algo en sus corazones les hizo pensar en que diablos habían hecho, despertaron de esa realidad que habían creado, sus mentes prefirieron morir destrozando a aquellos hombres sudorosos y desquiciados. Un imperio había caído, el imperio del capital. La revolución había triunfado, quien diría un año atrás que dormiríamos plácidamente viviendo el sueño de nuestros corazones.
Unidos y en paz, vivíamos como antaño habían vivido, de la misma forma que nacimos, como hombres libres.



No hay comentarios:

Publicar un comentario